viernes, 15 de febrero de 2013

La Primera Baja (Muerte en BOSNIA)




Si muero en zona de combate
Decidles a todos en la Patria
Que lo hice lo mejor posible.
Si muero en zona de combate
Contadle a mi preciosa niña
Que traje los mejores recuerdos conmigo.
Si muero en zona de combate
Contadle a mis amigos
Que morí mirando cara a cara al arma.
Si muero en zona de combate
No necesito mi nombre sobre la lápida.
En vez de eso, poned
“Un hombre que vivió, luchó y murió“” (“If I Die in a Combat Zone“)

Corría el 11 de Mayo del 93 (aunque hacía ya mucho que no había primavera) en Mostar. La patrulla (tres BMR. de línea y un BMR. "Mercurio") había partido de Dracevo y venía del hospital musulmán, donde habían entregado plasma y medicamentos donados por la Cruz Roja. Los croatas del último checkpoint retuvieron al convoy (¡¡durante seis horas!!), y únicamente dejaron pasar a los dos blindados que portaban los suministros médicos. El BMR. del Cabo 1º Troyano, conducido por el Cabo Cuevas, cubría al blindado del Teniente Arturo Muñoz Castellanos, perteneciente a la 5ª Bandera del Tercio “Duque de Alba” II de La Legión, que se encontraba descargando en el Cuartel General de la Armija un cargamento de medicinas.

La zona era sumamente peligrosa. Ya antes de doblar la última manzana para enfilar el puente Tito, sobre el Neretva (en realidad, un puente prefabricado Bailey británico: Armazón metálico y suelo de tablas... Los seis que antes unían las dos orillas de la ciudad habían sido destruidos, excepto el Stari. Pero tampoco le quedaba mucho), a unos 40 metros detrás de los blindados cayó una granada. El teniente Muñoz pidió tranquilidad mientras la intérprete explicaba a los agresores por los altavoces del BMR. que tenían permiso de los dos bandos para pasar.

Habituados a contemplar toda clase de desgracias y conscientes del puesto privilegiado que ocupaban, su trabajo les apasionaba: “No conozco ningún sitio donde se aprenda más de la vida que en un conflicto de estos. (...) ¿Riesgo? Hay que asumirlo. Compensa cuando te das cuenta de que tu trabajo sirve para ayudar. (...) No quiero ni imaginar cómo sería el mundo sin este trabajo. Es un poco inexplicable: El cuerpo te pide estar aquí”. Toda la tripulación era de la misma opinión: “Sentíamos íntimamente que estábamos haciendo historia... ¿Héroes? Aquí no hay héroes, hay hombres cumpliendo con su deber”, comentaban. Distaban mucho de sentir entusiasmo por aquella guerra, pero tenían una visión bastante romántica del deber. Como decía Lorenzo Silva, evocando a sus camaradas de la guerra de África: “... padecieron el infortunio de, a la vez, encontrarse en el peor lugar y en el peor momento, y que se vieron obligados, por ello, a sacrificarlo todo a cambio de nada”.

Cruzado el puente, un "armijo" que les esperaba frente a las ruinas del derruido edificio de estilo mozárabe que se alzaba al lado de la salida de éste (junto a un parquecillo), se encaramó al blindado y –pasando las ruinas del palacio Waqf, en la plaza Musala- les guió hasta el hospital, un enorme caserón agujereado como un queso, con las ventanas tapiadas con sacos terreros. Todos, incluidos el director del hospital, el doctor Milovic, y otros médicos, ayudaron a descargar para terminar la faena cuanto antes.

Las explosiones, al igual que los tiroteos, se iban acercando. "se daban caña, caña de verdad, a muerte", comentaría después Troyano La calle Aleksa Santic, trasera al Hotel Ero (y paralela a la “Avenida de la Confrontación”) era un auténtico infierno: Ni en Sarajevo se acumulaban tantos impactos de incicatrizable odio por centímetro cuadrado.

Ya circulaban rumores, propagados por los soldados franceses, de que se ofrecía a los mercenarios -de nacionalidades y bando no precisado- que pululaban por esta guerra primas de hasta 300 dólares (unas 35.000 pesetas) por matar cascos azules. Pero aquel "macutazo" no parecía impresionar mucho a Troyano, Cuevas y los demás que proseguían su labor de descarga en la puerta trasera del hospital (la delantera estaba a tiro de los croatas), mientras el teniente Muñoz culminaba su auténtica misión: la evacuación clandestina de un sacerdote que vivía en zona musulmana y que había sido amenazado de muerte. La entrega de las medicinas solamente era una excusa, pues el obispo de Mostar había solicitado a los españoles la mayor reserva para realizar esta operación sin cumplir los mandatos legales que exigía el mandato de la ONU., según el cual este tipo de acciones debía contar con el consentimiento de ambas partes... Posiblemente, si este trámite se hubiese obtenido, los croatas hubieran congelado su fuego durante unos instantes y se hubiese podido evacuar al sacerdote sin muchos problemas (teniendo en cuenta que la Armija era la parte -si cabe- menos intransigente y salvaje de las tres enfrentadas)... Pero esto es especular.

Mientras se procedía a la liberación –pactada por ambos bandos- del párroco de la catedral de Mostar, monseñor Ivan Vukcic (que había sido secuestrado el 9 de Mayo por un grupo paramilitar bosniaco) los croatas –quien juega con fuego termina por quemarse- dispararon. “Cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte, tan callando”… Nadie escuchó la detonación de la granada, pues el edificio absorbió el estallido. Todos tuvieron el presentimiento de que algo no marchaba bien... Pero aquello era una guerra. Lo normal era que algo no marchase bien... Los soldados españoles se dieron cuenta de que un camarada suyo había sido herido cuando vieron un casco azul ensangrentado sobre una manta que ocultaba un cuerpo: "¡Cuevas, ese casco es de los nuestros!". Pensaron que un francotirador había alcanzado en la cabeza al teniente: " Aquí Compañía Alba, aquí Compañía Alba ¡Oficial español herido, oficial español herido!", repetían por la radio del BMR. mientras se apresuraban a buscar una agujereada ambulancia que habían visto dos calles más al norte. La ambulancia trasladó al teniente, inconsciente, al hospital musulmán, donde los cirujanos aconsejaron su traslado a una unidad con más medios. Rápidamente se presentó un comandante médico español que inmediatamente solicitó un BMR. medicalizado a Medjugorje. “Esa necesidad desencadenó una serie de peligrosas acciones, dado que el BMR. ambulancia se hallaba retenido a cierta distancia por los croatas”. Escuchando las enardecidas voces de sus hombres -"¡A por ellos de una vez, me cago en ...!", Fuster 31, es decir, el blindado del teniente Monterde, que se hallaba en una colina cercana "corrompiendo" a los insumisos miembros de SOS. Balkanes, descendió, uniéndose como escolta al BMR. medicalizado que intentaba entrar, frente a unos intransigentes milicianos que denegaban su tránsito -"Sin permiso escrito, imposible"-. "¡Que entre la ambulancia!", ordenaba el teniente coronel Castro Zotano, el número dos de la AGT., pero los milicianos que controlaban la carretera retrasaron en cerca de media hora la entrada de la ambulancia que debía recogerlo. El oficial que mandaba el destacamento de apoyo - el Teniente José Luis Monterde- estuvo a punto de perder la paciencia y le dijo a su intérprete croata: "Dile que o nos deja pasar o me lo llevo puesto"... Pasaron, claro. Por ello, el oficial al mando tuvo que forzar –pistola en mano- el paso libre hasta el hospital. Camino del mismo, los blindados vieron frenado su avance por otra barrera formada por camiones y unos 50 milicianos: Nuevos e infructuosos enfrentamientos verbales y profusión de amenazas, por lo que el Comandante decide contactar por radio directamente con el Jefe del Estado Mayor croata, quien en minutos se personó en el lugar, abriendo el paso.

Enfilaron por Petra Drapsina, la parte moderna de la ciudad donde la mafia hacía negocios con la escasez, atravesaron la calle Lea Bruka... Continuaban las explosiones.

Setenta y cuatro heridas de metralla laceraban el cuerpo, brazos, piernas y cara del teniente –y 600 impactos presentaba el chaleco antifragmentos-. El alférez Villena consiguió, ya dentro del blindado ambulancia, estabilizar al herido. Afortunadamente el chaleco y el casco habían parado mucha metralla de la granada de mortero de 120 mm. que había caído a 20 metros del oficial. Al llegar al cruce de la avenida del Mariscal Tito (la plaza Papa 1), el convoy se desgajó. Había que llegar urgentemente al puesto quirúrgico avanzado instalado en Dracevo, a 45 kilómetros de Mostar, por lo que el BMR. medicalizado tomó una ruta alternativa más corta.

A toda velocidad, los otros dos vehículos se saltaron el control de salida por orden del comandante. Querían llegar antes que la ambulancia. Los dos sorprendidos hombres que lo custodiaban usaron sus AK. Escucharon el clink, clink de las balas rebotando en el blindaje del vehículo. Alcanzaron el cruce de Dracevo, donde los croatas tenían un checkpoint guarnecido con 25 milicianos armados con lanzagranadas, los cuales les estaban esperando por haberse saltado "con malas formas" el control anterior. El comandante médico ordenó a Troyano que no parase, pero el Cabo 1º le desobedeció argumentando que él era el jefe del blindado y que si querían llegar vivos al destacamento tenían que parar.


El coronel Morales, que se hallaba en Jablanica, llegó a Dracevo cuando estaban operando al teniente. Tras seis horas de intervención, le extrajeron numerosas esquirlas, pero era imposible cuantificar la magnitud de los daños internos hasta que no fuese repatriado. Se precisaba un electroencefalograma. Los médicos del EMAT. se asustaron al ver que sangraba de un oído, pero únicamente se trataba de una rotura de tímpano... Pero únicamente no se trataba de eso. No obstante, el primer parte médico fue optimista: "El teniente Muñoz tiene heridas de metralla en cuello y hombro. Su estado es grave pero está fuera de peligro". Ya en España, tras ser evacuado en un CN-235 medicalizado hasta la base aérea de Getafe, el jueves 13 de Mayo, el teniente Muñoz entraba en coma irreversible, falleciendo en el hospital militar Gómez Ulla: Unos decían que lo mató el viaje. Otros, el infortunio. La verdad era que una pequeña esquirla le había entrado por detrás de la oreja -justo entre el casco y las solapas del cuello reforzado del chaleco- y le había producido un coágulo en la cabeza, causándole la muerte.

EN ADELANTE, NO DIREMOS QUE LOS ESPAÑOLES COMBATEN COMO HÉROES, SINO QUE LOS HÉROES DE VERDAD COMBATEN COMO ESPAÑOLES”.

A mediodía del 13, el coronel Morales reunía a sus tropas en Medjugorje, comunicándoles con la voz quebrada por la emoción que el teniente Castellanos se encontraba clínicamente muerto. A continuación ordenaba al corneta entonar el Toque de Caídos. “Las notas inundaron todo el acuartelamiento, llegando a todos los rincones. Las caras de los hombres se tomaron muy serias. Tristes, terriblemente tristes. Los semblantes eran de rabia e incredulidad”: “Pero si el miércoles decían que estaba fuera de peligro...”, reflexionaba con sorpresa un legionario. El comandante Álvarez, portavoz oficial de la Agrupación, estaba completamente hundido: “No sé qué ha podido pasar. El traslado, quizás... Tal vez si se hubiera quedado aquí...”. Otros se referían a la mala suerte. Algunos soldados lloraban. Un grupo de cabos primero de la Legión, con los ojos enrojecidos, comentaban: “Algún día tenía que pasar. Así se sabrá que lo que hacemos aquí no es un juego”. Otros propugnaban -llevados por el natural impacto inicial de la noticia- por abandonar inmediatamente la misión de paz. “¡Si son unos hijos de puta!", espetaba un veterano. “El teniente les iba a llevar sangre y se han cobrado la suya”, exclamaba otro. Uno de los mandos aseguraba que era normal esta primera reacción, disculpándose argumentando que sus hombres están todavía bajo el impacto de la noticia. Nadie se atrevía a vaticinar cómo iban a reaccionar en el futuro, cuando se encontraran ante una situación de gran riesgo: “La mayoría se recuperará sin problemas en pocos días”, auguraba un comandante…

Pérez-Reverte aseguraba que a un casco azul “no lo asesinan nunca. Lo matan trabajando... Y que lo maten va incluido en las reglas del juego”. En lo personal, la guerra era un lugar paradójicamente seguro, estable, donde el horror se asumía como realidad cotidiana y así dejaba de ser sorpresa, o trampa. Un extraño hogar con reglas precisas, simples, donde el malo era quien te disparaba y el bueno era aquél cuya sangre te salpicaba, y el resto eran milongas. Un sitio donde, a diferencia de las ciudades y los países presuntamente civilizados y razonables, uno sabía siempre a qué atenerse. Incluso cuando te mata: El teniente Castellanos era un profesional eficaz, fiel –sobre todo- a esa persona que quiso ser y que su muerte al fin confirmó. Tuvo adrenalina a chorros, tuvo lucidez, tuvo vida. Y ésa sí que la escribió con letras mayúsculas. Vivió, vio (cosas que otros ni siquiera imaginaban o soñaban), sintió... No necesitaba cortadas, justificaciones o excusas.

La carta que enviaron a su mujer (cuando aún creían que se repondría) los hombres de su Sección (Cía. “Alba” del Tercio Duque de Alba II de la Legión), irradiaba el respeto y la admiración por su jefe, pues muchas veces, tener mayor graduación no convierte a un sujeto en "Superior":

Dracevo, 12 de Mayo de 1.993

A nuestro Teniente Arturo Muñoz de los suyos:

Dentro de la tristeza que supone separarnos de nuestro Jefe, que solía ser amigo a la vez de líder, nos queda la alegría de su recuperación.

Estos que aquí quedamos estamos marcados por su espíritu para siempre. Sea lo que sea de este grupo de hombres, están marcados de por vida por el trece espíritu legionario: "VALIENTES COMO ÉL, SIGUIENDO SU EJEMPLO."

Esperamos muy pronto sus noticias. Y no se preocupe, nosotros guardamos su sitio a nuestro frente. Venga quien venga, nadie ocupará su lugar.

Un fuerte abrazo de todos.

Firmado: 21 rúbricas.

Ella siempre le recordaría cuando se fundieron en aquel beso que una cámara dejó inmortalizado para siempre, en el puerto de Almería. Ese adiós triste, como todas las despedidas, aun delante de las cámaras. Ninguno de los dos podía adivinar entonces qué trágico reencuentro les aguardaba el destino, inconsciente él, inconsolable ella, entre las frías y opacas cortinas de una Unidad de Cuidados Intensivos.

El teniente murió "como le hubiese gustado morir", afirmaba su esposa, Dª Rosa María López Petinal, todo un ejemplo de entereza, quien, orgullosa, todavía firma sus cartas con "Viuda del Teniente Arturo Muñoz Castellanos".

La muerte del teniente Muñoz descubrió a la Izquierda y a la Sociedad española una nueva Legión (igual que anteriormente habían descubierto una nueva Guardia Civil), lejos de las borracheras de Fuerteventura o de las peleas en Ronda. Tan lejos de Francisco Franco como de Narcís Serra, el pueblo español descubrió a unos -nuevamente- CABALLEROS legionarios dispuestos a dar la vida por los demás.

"Todas las guerras tienen sus héroes, pero muy pocos logran salir del anonimato y despertar el orgullo de millones de compatriotas. El teniente Arturo Muñoz logró con su muerte, sobre el asfalto de una ciudad arrasada, que su acción no pasara desapercibida: hacer llegar plasma a un hospital de Mostar" (José L. Lobo y Fernando Múgica: "Entrega Mortal". "El Mundo", 16 de Mayo de 1.993).

El 14 de Mayo era enterrado en el cementerio de Ávila, con las palabras de su tío, el coronel de Infantería José Castellanos, a modo de epitafio: "Ha sido un héroe en unos tiempos en que no existen los héroes"... La salva de despedida de un piquete de legionarios puso el punto final, pero él todavía vive. En la memoria de su mujer, de su familia, de sus camaradas, de todas las personas a las que anónimamente ayudó en Bosnia y en los cuatro españoles ("no creo que haya habido muchas más gestas militares en la historia de España que hayan honrado más un uniforme", comentaba Rafael Matesanz, Coordinador Nacional de Trasplantes) que comenzaron nuevamente a vivir con su hígado, sus riñones y, sobre todo, con su CORAZÓN.

(...) ¿Que si se fue a gusto? Por supuesto. Él iba encantado. Era un militar y estaba cumpliendo con su deber. Cada uno tenemos que cumplir con el nuestro. Lo que pasa es que luego las cosas se torcieron...", aseguraba Carlos Castellano, hermano del Teniente.

Al conmemorar los diez años de la muerte del Teniente, la Legión erigió una placa conmemorativa donde, al lado del escudo del Tercio, se podía leer:


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